AVE COLISEUM LOS CESARES TE SALUTAN



Llegar a Roma y llenarse de Historia, es todo uno.
Que nadie piense que no me gusta, pero mis ciudades italianas, preferidas son:  Florencia y Venecia. Después, existen otras que te pueden atraer por diferentes motivos:  Milán, Rímini o Capri.
Hecho este pequeño inciso, hablaremos de un monumento que a nadie deja impasible, puesto que las historias que en él se escribieron, nos pueden asombrar, o nos pueden horrorizar, o sentirnos abrumados ante tanta sangre, que, sobre su arena, se vertió.


Se inicia su construcción teniendo como emperador a Vespasiano, allá por el año 71 d.C., por lo visto, en el terreno sobre el cual se construyó, había pertenecido a un anfiteatro, levantado cien años antes, consumido por las llamas de un incendio.


 La inauguración es bajo el reinado de Tito, hijo de Vespasiano, en el año 80, aunque sería Domiciano          
en el 82, quien conseguiría, finalizar las obras, construyendo el hipogeo, una serie de túneles subterráneos, los cuales se utilizaban, para alojar a los animales y a los esclavos. Vespasiano, también, manda añadir una galería en la parte superior del Coliseo, lo que hizo que aumentara el aforo, en total cinco niveles, en los que el populacho, se aglutinaría para ver las peleas entre gladiadores o las batallas navales, ya que el Coliseo poseía una moderna técnica de canalización de agua, la cual permitía llenar y vaciar rápidamente el piso inferior. Estas últimas, desaparecieron cuando se construyó el hipogeo, pues los túneles, podrían anegarse, con el agua, que se necesitaría para tal evento. Si usted tuviese la suerte de estar cerca de la arena, ¡enhorabuena!, eso quiere decir, que usted pertenecía a la clase pudiente, y podría codearse con el mismísimo emperador y con los senadores. Y así, continuamos, cada vez que nos alejemos más de la arena, menos poder adquisitivo, tendríamos.  
Creo, no tener miedo a equivocarme, al decir que el olor a sangre, a muchas personas les embriagaba, y cada vez disfrutaban más, señalando, para bien o para mal, la vida o la muerte de los gladiadores

YO COLISEO  

Dicen, que si las piedras de una construcción, sea de la índole que sea, pudiesen hablar, las cosas que contarían. Y para eso estoy yo, el Coliseo Flavio, llamado así por una Ilustre familia romana, de la cual descienden los emperadores Vespasiano, Tito y Domiciano, aunque soy más conocido por el Coliseo.
Soy hermoso e inmensurable, pues mis casi 200 metros de largo, los 156 metros de ancho, y una altura de 48 metros, así lo demuestran.
En la antigüedad mi aforo era para 50.000 espectadores, con ochenta filas de gradas. ¿Se imaginan 50.000 gargantas gritando a pleno pulmón, animando a los gladiadores?
 ¿O pidiendo clemencia, o todo lo contrario? Por eso todo mi cuerpo temblaba
Muchos problemas tuve en mis estructuras, incendio, causado por un rayo en el 217, que destruyó la madera del interior de mi cuerpo. O del terremoto acontecido en el 443. Y en el medioevo los del 801 y 847, que me dejaron en la más absoluta indigencia, olvidado de todos. Durante ese periodo, exactamente a finales del VI, construyen en mi interior una iglesia, que pongo en duda, el verdadero propósito, para el que fuese destinada. 
Con tantos años de existencia, algo se me tiene que olvidar, el gran terremoto de 1349, quien dañó severamente mi estructura, haciendo que mi lado externo sur se derrumbase. La existencia de piedras desprendidas, se utilizaron para la construcción, tanto de palacios, como de iglesias (incluido el Vaticano a donde se llevaron mosaicos), hospitales, u otros edificios romanos.
Me fueron desnudando hasta que, en 1749, el papa Benedicto XIV, me consagró como lugar santo, en memoria de los cristianos que allí, dejaron sus vidas
He sufrido, con resignación, los usos que, de mí, ha hecho el ser humano, de mis piedras, de mi recinto, así como el empleo en 1200, efectuado por la familia Frangipani, apellido de una afamada familia romana, que se distinguió durante los siglos XII y XIII, por su animadversión contra el partido güelfo, expulsando de Italia a Gelasio II.  Pues bien, esta familia se apoderó de todo mi ser, para convertirme en algo parecido a un castillo, con fortificación incluida, pasando a ser su área de influencia.
Y así pasé como la falsa moneda, que de mano en mano va, y al final con temor de que no exista quien se la queda, aunque eso finalizó en el año 1312, que regreso a las manos de la iglesia.

JUEGOS Y DEMÁS 
Todo emperador que se precie, me traía a los mejores gladiadores, y aunque el dinero, para los gastos de los juegos, corrían a cuenta del erario público, muchas veces, magistrados y emperadores, para conseguir el favor del populacho, los pagaban de su bolsillo, bueno es un decir, mejor indicar que sería de su bolsa.
No fue la primera, ni la última vez que entre los muros de mi cuerpo de han celebrado funerales, así como trapicheos políticos en los cuales, sin que la plebe lo supiese, se adquiría parejas de gladiadores, cediéndolos a quien los pidiese.

LO QUE QUIZÁ SE DESCONOZCA
Durante 500 años, mi cuerpo pudo ver sangre, mucha sangre, pues se calcula que en los juegos que se hicieron, durante este tiempo, entre 500.000 y 1.000.000 de personas, perdieron la vida. Los últimos juegos se celebraron en el siglo VI, bastante más tarde, de la legendaria fecha de la caída del Imperio romano de Occidente, en el 476 d.C.
Escenas de crueldad contra personas y animales, eran observadas por miles de espectadores con agrado, lo mismo que sucedió con el martirio de innumerables cristianos.
Tardaron casi cuatro años en hacer mi armazón, y mi interior, para lo cual se echó mano de 12.000 judíos, que habían sido llevados como cautivos a Roma, después de que Tito conquistase y destruyese Jerusalén, muchos de esos cautivos, terminarían sus días en mi arena, devorados por las fieras, que tras de luchar entre sí, harían pedazos los cuerpos de aquellos desgraciados. Solo en el mismo día de su inauguración, 5.000 parejas de gladiadores lucharon hasta morir.


Era de precepto que, si un gladiador caía herido, se dirigiese al público gritando << ¡Habe!>> a la vez de levantaba un dedo implorando perdón a los 50.000 espectadores que lo contemplaban desangrarse.
Si estos consideraban que se lo merecía, agitaban al aire sus blancos pañuelos, de lo contrario vociferaban reiteradamente<< ¡Occide!>>(¡Matadle!). Entonces era el emperador quien tenía que decidir.  Casi siempre era el vencedor quien mataba al vencido, quien recibía varias escudillas de plata, con monedas de oro. Pero sin duda, cuando yo más disfrutaba era cuando a un gladiador se le recompensaba por su buen hacer en la arena, con una espada de madera, el rudis, que le eximía, de futuros combates, sabiendo que nunca más tendría que enfrentarse en la arena a otro gladiador y luchar para sobrevivir.
Pero…pero existió un gladiator, de nombre Flamma, que, a pesar de recibir cuatro veces la espada de madera, quiso seguir luchando.  



El vencido, tumbado en la arena sobre un charco de sangre, debía esperar a que uno, disfrazado del barquero mitológico, Caronte, saliese a la arena y se dirigiese al lugar donde estaba el cadáver. En su mano derecha portaba un mazo de madera. Al llegar junto al cuerpo inerte, le golpeaba con el mazo la frente, para asegurarse de que, sí, estaba muerto. Acto seguido, se rodeaba un gancho a lo largo del cadáver, para poder sacarlo por la puerta de la Muerte, una estrecha abertura por donde se sacaban arrastrando los cuerpos mutilados y sangrantes de seres humanos y de animales.         
Pienso del ser humano que es capaz de lo mejor, y de lo peor, y es que debo citar al emperador Cómodo, que, en su desvarío por ver derramar sangre, introdujo la lucha con animales salvajes, que bien podrían ser, elefantes, leones, tigres, hipopótamos y osos.
No contento con asistir a las luchas, se dedicaba a disparar flechas, desde su palco a los leones. Aunque en ocasiones, bajaba a la arena, matando si hacer distinción entre gladiatoris y bestias, llegando a la paranoia por creerse Hércules, pues así ordenaba que le llamasen, y, dar a los presentes, folletos, en los que se relataban sus hazañas.
El número que montaba, consistía en vestirse con una piel de león y rociarse el cabello con polvo de oro.
 Puedo asegurar, que posiblemente, solo posiblemente, hubiese luchado un millar de veces, siempre con éxito, a ver quién se atrevía a matar al emperador Cómodo- Hércules.
Cuando Nerón culpó a los cristianos del incendio de Roma, mi tierra se llenó de ellos, para ser devorados por los leones.
Creo yo, que imposible, llegar a saber, las verdaderas cifras de los muertos sobre mi arena, gladiadores, desde que me inauguraron, los mártires cristianos, tras dos siglos y medio de persecución, bestias, en total…  un despropósito   
Tendría que llegar Constantino, y tras un edicto publicado en el año 313, mi arena, no se llenó tantas veces de sangre, ya que los combates, entre los gladiadores, fueron disminuyendo, en cantidad. Casi cien años después (año404) el emperador Honorio, proclama otro edicto, para que no se vuelvan a celebrar combates entre gladiadores.    
En la actualidad, nada queda de mi pavimento, aunque se puede ver, el laberinto de pasadizos que había debajo.
Soy sin duda alguna, uno de los grandes atractivos turísticos de la Roma.
La Unesco, me declaró junto con el centro histórico de Roma, Patrimonio de la Humanidad.
Desde hace 16 años, o sea, desde el año 2000, las autoridades me llenan de luz, durante 48 horas, cada vez que, en algún rincón del mundo, se conmuta o se aplaza una sentencia de muerte, o a un condenado.
Recabada información en: El rotativo La Razón
- domingo17 /4/2016 – Apartado CULTURA- Enigmas de la Historia